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Como una moneda devaluada sería la palabra sin la acción

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“No se contenten sólo con escuchar la palabra, pues así se engañan ustedes mismos. Llévenla a la práctica”. Santiago 1, 22

 

Para quienes amamos el conocimiento y la sabiduría que viene de lo alto, pocas cosas nos resultan más gratificantes que leer o escuchar la palabra de Dios.

 

Sin embargo, aún en esta bendita afición, podríamos correr el riesgo de caer en la tentación de atascarnos en su disfrute sin atrevernos a pasar al terreno de la acción.

 

Y es que la palabra de Dios produce deleite, alimenta, sana, vivifica, ilumina, da paz y mucho más.

 

Mas esta no se nos ha dado para nuestro individual consumo egoísta, sino para que la hagamos carne, incorporándola a nuestra manera de ser, para vivirla, para practicarla, para que la misma nos transforme y fructifique en bendiciones que impacten los ambientes donde vivimos y frecuentamos.

 

Lo contrario sería un autoengaño que frustraría su cometido en lo que a nosotros concierne, en cuanto la parte que nos toca.

 

Conviene aclarar aquí que Cristo es la Palabra, más no sólo “la Palabra” y ya, sino la palabra hecha carne habitando como acción salvifica en, entre y por medio de nosotros.

 

El afamado Periodista y Sociólogo británico Malcolm Gladwell escribió: 

“La práctica no es lo que uno hace cuando es bueno. Es lo que uno hace para volverse bueno.”

 

Sólo el hacer es lo que nos da la certeza de saber.

 

Si la palabra no conduce a la acción a la persona que la recibe, esta será en ella como una moneda sin respaldo, como una divisa inorgánica y por tanto como una cosa carente de valor.

 

Sin acción nada se restaura, nada se construye, nada se crea. Todo se queda en el plano de los sueños, de los anhelos, de los buenos deseos.

 

La palabra y la acción son los insumos que necesitamos los creyentes para hacer el trabajo que nos corresponde en la edificación del reino sobre rocoso terreno del amor.

 

Y es en este incesante hacer, en el maravilloso proceso de escuchar la palabra de Dios y darle cumplimiento, donde reside nuestra dicha.

 

“Si uno escucha estas palabras mías y las pone en práctica, dirán de él: aquí tienen al hombre sabio y prudente, que edificó su casa sobre roca”. Mt 7, 24

 

 

 

 

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