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Unidad, El anhelo que centellea en la oración de Jesús

October 12, 2016

Siendo la unidad el eje central de este artículo, concédanme citarme a mí mismo tomando las letras del estribillo de una de mis canciones.

"Yo soy parte de todo
Todo es parte de mi
En este mundo todo está conectado
Yo soy tú mismo
La vida es así."

Empezando por el sagrado misterio de la Santísima Trinidad, en Dios no hay separación.

Su unidad no solo permea todo lo creado, sino que es atributo imprescindible y vital para un universo vivo, porque precisamente Dios es vida impregnada en todo cuanto existe.

Más claro aún, la esencia misma de nuestro Padre Creador está indisolublemente unida a su creación, y allí donde Él no está no puede haber vida.

Llenos están el cielo y la tierra de su gloria afirma el canto litúrgico.

Al margen de esa conciencia de unidad nuestra vida interior se degrada y se complica, nos sentimos como expulsados del Jardín del Edén, fuera de la gracia del Padre, excluidos de su infalible cobertura de seguridad.

Vivir conscientes de esa unidad, en cambio, nos lleva un poco más allá que ser guardián del hermano, sino a reconocer que mi hermano soy yo.

"Si me vuelvo en contra tuya me acuesto en colchón de puya", dice la canción en otra de sus estrofas.

Más aún, al comprender ese atributo de Dios trabajando en nosotros, nos percatamos de que su protección, su provisión y su amor son reales.

Un aspecto clave de las enseñanzas de Jesús es su insistencia en mostrarnos su unidad al Padre para que mirándonos en su espejo nosotros también la podamos experimentar.

Así lo podemos encontrar en los Evangelios diciéndonos en diferentes momentos que Él y el Padre son uno, que quien ha visto al Padre lo ha visto a Él, y como para dejar establecido que esa condición también nos es inherente, declara en Mateo 10:40 que "El que los recibe a ustedes, me recibe a mi; y él que me recibe a mi; recibe al que me envió."

Tener claro ese concepto transforma a la persona, la sociega, la ilumina y la llena.

Quien así vive no forcejea, no presiona, no cela, no teme, no ambiciona lo del otro, sabe que está firmemente plantado sobre La Roca, reconoce que el Señor es su Pastor y nada le faltará.

¿Y quién que se sepa unido a Dios se va a sentir separado del prójimo?

Todo espíritu de división en el seno de la iglesia habla alto y claro de la necesidad de hacer santo hincapié en educarnos en este tema, de superar esa asignatura pendiente, porque a mayor conciencia de Dios, más alta será nuestra vocación para la unidad, y viceversa.

Y como sabemos, el problema no viene de ahora.

No estaba "disparando al aire" el Apóstol Pablo cuando en su carta a los Efesios escribió: "Esfuércense por mantener la unidad que proviene del Espíritu Santo, por medio de la paz que nos une a todos."

Pero el celo desordenado por la casa de Dios, el ego enfermizo, el aferrarse irracionalmente a posiciones, el afán por pretender controlarlo todo, el chisme, y peor aún, buscar en la iglesia servir a intereses ajenos a los de Cristo, todo esto va minando la unidad a lo interno de las comunidades en particular, y de la iglesia en general.

Nuestra única competencia debe ser por mostrarle al mundo la supremacía del bien sobre el mal, pero jamás para pretender ser mejores que otros hermanos, o que nuestra comunidad tenga preponderancia sobre las otras; semejante actitud sólo fomenta el germen de la desarmonía, y conspira contra la unidad de la iglesia.

Conviene recordar que la iglesia es casa de Dios, por lo que todo ánimo contrario a la unidad, todo pensamiento que no esté correctamente alineado al ideal de Cristo, debemos dejarlo fuera del recinto sagrado, pues como sabemos, a muy pocos pasos de distancia reposa en el sagrario, el cuerpo, el alma y la divinidad del que vive para siempre, el Santísimo Sacramento del Altar, Jesús Eucaristía, el mismo que en su última oración antes de ser apresado, oró precisamente por la unidad de todos quienes íbamos a seguir tras sus huellas.

"Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí; y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado." Juan 17:21

Cuán hermoso y esperanzador es saber que la unidad de su iglesia y la fraternidad entre  sus seguidores, es el anhelo que centellea en el corazón y en la oración de Jesus.

 

 

 

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