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  • Enrique Feliz

No hay puerta cerrada que no se abra para aquel que escucha y acoge la palabra


Vivir de a plena conciencia en la presencia de Dios debería ser el imperativo de todo convertido, porque ello equivaldría a experimentar su reino aquí en la tierra de manera continua y sin pausa.

Si le preguntáramos al “discípulo amado” cómo lograrlo, seguramente nos remitiría al capítulo 4 versículo 16 de su primera carta, para decirnos allí que “Dios es amor, y el que permanece en amor permanece en Dios y Dios en él”.

O sea que alcanzar tan alto ideal supone una auténtica comunión entre Dios y el hombre que vive en su amor, gracias a la cual encuentra su dicha.

Ahora bien, ahondando un poco más en el tema descubriremos que sea que amemos o no amemos, lo cierto es que de todos modos siempre vamos a estar en su presencia.

¿Cómo así?

Basta recordar que entre sus diferentes atributos, Dios es la Omnipresencia.

Y en ese sentido, con respecto a Dios, somos como el pez en relación al océano, que a donde quiera que va y donde quiera que está el océano va siempre con él.

El océano es la vida del pez que termina cuando le llega su tiempo; fuera de aquel, este agoniza lentamente y perece.

El océano es su camino, su verdad y su vida.

El océano es su todo y sin él, el pez no es nada.

De maneras que vivir en la presencia de Dios no es una cuestión que nosotros podemos decidir dado el hecho de que no hay formas de sustraernos a ella.

Sin embargo, su gran impacto en nuestras vidas va a depender de si estamos o no conscientes de ella, para lo cual es necesario que escuchemos, meditemos, y vivamos su palabra.

Porque hemos de saber que Dios también es ley que quien la cumple se salva, más quien la ignora o transgrede se pierde.

Si cumplimos con su ley de amor, estamos cubiertos bajo su infalible cobertura: El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente, dice el Salmo 91

Mas si la desobedecemos, como Adán y Eva nos autoeyectamos de su paraíso, y con ello a sufrir esa terrible sensación de soledad y abandono, de oscuridad y vacío que ninguna cosa de este mundo puede llenar.

Y es de ahí de donde surge la gran tragedia humana de tener que salir a “josear” como huérfanos, cada cual buscando lo suyo por su cuenta y a brazo partido, “con el cuchillo en la boca” como Tarzan.

Esto arrastra consigo los apegos enfermizos, la envidia, los celos, el “quítate tu pa’ ponerme yo”, los vicios, los fraudes, las mentiras, los engaños, las traiciones, los traumas, los divorcios, la violencia, los homicidios, los suicidios y en fin, el mal en sus diferentes manifestaciones.

Pero bendito sea el Señor que de esa amarga pesadilla se puede librar quien escucha, medita y vive la palabra de Dios.

No hay puerta cerrada que no se abra para aquel que escucha y acoge la Palabra, el salvoconducto que se requiere para poder entrar al reino de Dios y quedarse a vivir por siempre, de modo consciente, en su santa y divina presencia.

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