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  • Enrique Féliz

El Perdón, Materia básica en la escuela de la Salvación


Quien haya experimentado en su vida la dulcísima experiencia del perdón, sabe muy bien cuán sanador y liberador resulta el acto en sí, así como las benéficas proyecciones que se derivan del mismo.

Es como si de repente le brotaran alas al corazón, al tiempo que se le abren las puertas de su oscura y sofocante prision, para darse la refrescante y maravillosa oportunidad de volar hacia un horizonte sin limites durante un rojizo atardecer, bajo un cielo despejado invitándole a soñar.

Quien no perdona se niega a sí mismo la oportunidad de progresar espiritualmente y se encamina indefectiblemente hacia la ruina de su autodestrucción.

Abrigar el resentimiento en nuestros corazones es como la llama viva de aquel que se prende fuego; de nada le sirve correr, porque a donde quiera que va el fuego también va con él.

La falta de perdón viene a ser como una carcoma que corroe nuestras almas, un veneno que intoxica nuestro ser, que lo llena de amargura e interfiere con el libre fluir del amor de Dios que nos sostiene y da vida.

Cuando nos mostramos resistentes al perdón estamos cerrando las llaves de nuestra propia sanacion, espantando toda posibilidad de prosperar, dándole riendas sueltas a pensamientos y actitudes que nos alejan de la paz, y desviando el torrente de bendición que nuestro Padre amoroso y bueno ha dispuesto para nuestro mayor bien.

Podemos emplear todas las excusas y justificaciones para no hacerlo, somos libres para proceder de la manera que queramos, pero de una cosa sí que hemos de estar seguros, y es que el precio del odio no sólo es muy alto, sino que (como dicen los economistas), su tasa inflacionaria mantiene siempre una tendencia alcista.

La persona rencorosa, resentida, que odia y manifiesta espíritu de venganza en su corazón, por más que intente progresar en su vida espiritual no lo consigue. Estos vicios y anti valores funcionan como hoyos, “policías acostados”, reductores de velocidad, retenes, y “tapones” en su camino que no les permiten avanzar.

Cuando odiamos estamos encausando mal el poder espiritual que se nos ha dado, porque el amor de Dios en nosotros es el don más poderoso y natural; no usarlo es ir contra nuestra propia naturaleza.

Entones nuestro mundo interior y el de nuestro alrededor se torna turbulento, conflictivo, viciado y triste.

No en vano Jesús fue tan insistente, persistente, didáctico y puntual en esta materia básica para la salvación de nuestras almas, porque la receptividad al perdón es directamente proporcional a la receptividad al Espíritu.

El perdón es también un punto esencial en el Credo de nuestra iglesia que obediente a la voluntad de Cristo administra el Sacramento de la Reconciliación que Él instituyera. Quien quiera comprenderlo mejor que se remita a los doce numerales del Artículo 10 de el Catecismo.

“Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a quienes no se los perdonen les quedarán sin perdonar.” Juan 20: 22-23

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